Por Andrés Gómez

No estoy de acuerdo con que un país intervenga militarmente en otro para cambiar a su gobierno. La historia demuestra que ese tipo de decisiones suelen dejar más problemas que soluciones. Sin embargo, negar que hoy el pueblo venezolano respira distinto sería cerrar los ojos a una realidad evidente.


Durante años, Venezuela fue un país donde disentir tenía un costo alto. Hablar, organizarse, protestar o simplemente pensar diferente implicaba miedo. Cuando ese aparato de control cae, lo primero que aparece no es un plan político, sino algo más básico: alivio. La sensación de que, al menos por un momento, el miedo retrocede. Eso también es libertad,
aunque sea frágil.

La primera imagen de Nicolás Maduro, detenido.


Reconocer ese alivio no significa justificar la forma en que se produjo. Una cosa es entender lo que sienten millones de personas y otra muy distinta avalar que una potencia decida, por la fuerza, el futuro de otro país. La soberanía no es un concepto vacío ni una excusa para proteger dictaduras, pero tampoco puede desaparecer cada vez que un gobierno resulta incómodo para otro.


El problema de fondo es que la libertad que llega desde fuera corre el riesgo de no ser completamente propia. Cuando el cambio no nace desde dentro, siempre queda la duda de quién pone las reglas, quién decide los tiempos y hasta dónde llega la autonomía real. Ese cuestionamiento no es menor, porque de ahí depende que una transición sea sólida o solo
un paréntesis.


Hoy hay más espacio para hablar, para organizarse y para imaginar un futuro distinto en Venezuela. Eso es valioso y no debe minimizarse. Pero la verdadera prueba no está en la caída de un régimen, sino en lo que viene después. Si los venezolanos logran tomar el control del proceso político, elegir libremente a sus representantes y construir instituciones
sin tutelas externas, entonces esta etapa puede convertirse en el inicio de algo legítimo.


Si no ocurre así, la libertad corre el riesgo de ser temporal y condicionada. No se trata de aplaudir ni de condenar automáticamente. Se trata de entender que es posible rechazar una intervención militar y, al mismo tiempo, reconocer el impacto humano que tiene el fin de una opresión. Pensar así no es tibieza. Es aceptar que la realidad política casi nunca es blanco o negro.


Al final, la pregunta no es si hoy hay más libertad que ayer. La pregunta es si esa libertad podrá convertirse en un futuro decidido por los propios venezolanos. Ahí es donde se juega todo.


Lo que pase en Venezuela en los siguientes días marcará un rumbo importante para el país. No solo por las decisiones que se tomen desde el poder, sino por la capacidad de la sociedad y de la oposición para ocupar el espacio que se abrió. Las transiciones no fracasan solo por lo que se hereda, sino por lo que no se logra construir a tiempo.


En ese escenario, no es menor que María Corina Machado ya se haya posicionado. Hoy es la figura con mayor reconocimiento dentro de la oposición venezolana y, para bien o para mal, se ha convertido en un referente inevitable. Su papel y el de quienes la rodean será clave para saber si estamos frente a una oposición real o ante una nueva etapa de
dispersión y disputas internas.


La pregunta sigue abierta: ¿veremos una oposición capaz de asumir el momento histórico y ofrecer dirección, o el vacío volverá a llenarse de improvisación? Los próximos días no solo definirán quién ocupa el poder, sino si Venezuela logra, por fin, transformar una oportunidad en un proyecto propio.

Ahora con este escenario, la oposición junto con la ciudadanía debe de tomar las riendas del país. Si no, alguien tomará el puesto de Maduro y continuará el legado del chavismo.