Las madres buscadoras no solo cargan con la ausencia de sus seres queridos, también con un desgaste físico y emocional que se acentúa ante la falta de respuestas de las autoridades.
A Martha Leticia García —Marlety, como pide que la nombren— nadie la preparó para el camino que inició en agosto de 2017, cuando desapareció su hijo, César Ulises Quintero, en Jalisco. Desde entonces, no ha parado de buscarlo.
“Cuando ocurre una desaparición, uno se enfrenta a un hecho que no sabemos ni a dónde voltear”, dijo durante el ciclo de foros Escucharnos ante la ausencia, organizado por la asociación Fundar y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Primero indagó por cuenta propia, en tareas que correspondían a la Fiscalía estatal. Más tarde fundó el colectivo Entre Cielo y Tierra, para acompañar a otras familias que viven la misma pesadilla. Ocho años después, relata que la lucha ha cobrado factura.
“Empezamos con el desgaste físico, con el desgaste económico y con el desgaste de salud. Es tanto el miedo, la impotencia y el coraje que tenemos, que nos empiezan a afectar diferentes órganos, diferentes enfermedades que se nos van viniendo”, señaló.

“El dolor del alma no sale en un estudio”
Las secuelas emocionales de la búsqueda pronto se reflejaron en su cuerpo. Marlety comenzó a perder la vista, aunque ningún estudio médico lograba explicarlo.
“El dolor del alma no sale en un estudio (médico)”, recordó.
Un especialista le advirtió que si continuaba sometiendo su mente a imágenes de restos humanos y cuerpos violentados, podría quedar ciega. “Me dijo: ‘no sé qué esté haciendo, pero si no deja de hacerlo, va a perder totalmente la vista’”.
El diagnóstico fue claro: el cerebro buscaba proteger al resto de sus órganos apagando sus ojos. Aun así, Marlety no abandonó la búsqueda. Solo aprendió a cuidar su salud y evitar algunos hallazgos en fosas clandestinas.
Entre la ausencia y la resistencia
El testimonio de Mary Coronado, quien busca a su esposo Mauricio Aguilar desde 2011, coincide en la falta de apoyo institucional. Ella ha tenido que enfrentar la indiferencia de autoridades federales y de Veracruz, donde desapareció su pareja.
El sostén lo ha encontrado en la sociedad civil y en la comunidad de víctimas. “He conocido a más personas que han vivido lo mismo y he convivido con ellas y sus familias. También he conocido otros colectivos y he caminado con ellos en marchas”, relató.
Pese a las heridas, ambas coinciden en que la búsqueda les ha dado fuerza. Marlety lo sintetiza con una frase inspirada en la canción de Vivir Quintana: “Les sembraron miedo, pero les crecieron alas”.
“Alas para buscarlos, alas para exigir, alas para no rendirnos. Alas para seguir en la búsqueda, en la lucha, porque los desaparecidos son de todos y lo que hacemos no lo hacemos solamente por los que nos faltan”, aseguró.