Jorge “El Biólogo” Hernández*
El 24 de diciembre, es decir, la nochebuena del 2025, bajo el árbol navideño de la casa familiar había un paquete que, curiosamente, tenía un moño con los colores de la bandera portuguesa. Al abrirlo entendí lo del moño, el regalo era el libro Viaje a Portugal de José Saramago. De esta joya, publicada por Alfaguara en 1981, no me atreveré a hacer una crónica literaria, prefiero seguir ese viaje de Saramago y compartirlo como si fuera un barco cargado de algunas citas, imágenes y reflexiones tan luminosas que cualquier escritor desearía haberlas publicado.
La primera emoción de su lectura la produce el texto homenaje que escribió el amigo de Saramago, Claudio Magris, y cuyo título es una sentencia irónica y divertida: “Prohibido destruir nidos y escribir prólogos”. Claudio nos dice, en el primer párrafo de su homenaje, “A José Saramago no le gustan los prólogos. Es una de las primeras cosas que le oí decir, cuando nos vimos, por vez primera, en Lisboa, hace ya muchos años, y cuando nos regaló —a Marisa, mi mujer, y a mí— precisamente Viaje a Portugal”. Más adelante, al referirse a los viajes, Magris describe de forma impecable lo que uno siente al leer el libro de Saramago. Esto es lo que escribe en esa introducción: “Pero el viaje —en el mundo y sobre todo el mapa— es por sí mismo una especie de continuo prólogo, un prólogo a algo que siempre está por llegar y que se esconde detrás de las esquinas. Partir y detenerse, volver hacia atrás […] Mientras uno lo cruza como una secuencia cinematográfica con sus apariciones y desapariciones de imágenes o como un rostro que cambia con el paso del tiempo”.
Viaje a Portugal, traducido por Basilio Losada, es una magna obra en la que durante 763 páginas y 368 fotografías tomadas por él mismo y Duarte Belo, Saramago te transporta a su visión íntima de paisajes, ciudades y pueblos. En las páginas finales la edición cierra con 11 mapas trazados con finas líneas, indicando la localización de las rutas tomadas y en ellos señala cientos de lugares visitados.
El gran escritor portugués nos recibe en su primera página con las siguientes palabras: “Han pasado exactamente veinte años. En el otoño de 1979 salí de Portugal por la frontera de Valença do Minho y entré en tierras de Galicia. Quería que el título que ya había escogido para mi libro —Viaje a Portugal— tuviese, desde el primer paso y desde la primera palabra, pleno sentido: en verdad, para viajar a un país siempre será necesario empezar por estar fuera de ese país”. Y párrafos más adelante, continúa con una profunda reflexión: “Pretender distinguir, tratándose de un viaje, entre un en, un por y un a es mucho más que un mero juego de palabras o un simple ejercicio de vocabulario. Al querer viajar a Portugal, lo que me estaba proponiendo era descender al fondo de las cosas vistas y de las personas encontradas, descuidar las apariencias, rechazar las miradas superficiales, abandonar la rutina de las guías turísticas y los mapas comunes, tener como única ruta la historia y la cultura de mi país”. Durante ese largo viaje en el que ocupó casi seis meses le nació la convicción de que: “[…] las lentas centurias lusitanas, atrasadas, desde hacía mucho, en relación con el calendario europeo […] fuesen empujadas hacia delante por un Tiempo que se había cansado de esperar”.
De la lectura de esta obra seleccioné al azahar, solamente de este enorme universo, algunos pasajes que comparto con ustedes, estimados lectores, para provocar que busquen el libro y que, al leerlo, construyan su propio viaje. Señoras y señores, tomen su equipaje y acompañemos a Saramago.
“Coímbra, provinciana ciudad con dos cabezas, una suya propia, y otra añadida, repleta de saberes y de algunos inmateriales prodigios. Si el viajero tuviera tiempo, buscaría la Coímbra natural, olvidaría la universidad que allá arriba está, y entraría en estas casas de la Couraça de Lisboa y de las pequeñas calles que a ella afluyen, y, conversando, vencería las inconscientes defensas de quien, sobre el propio rostro, usa igual máscara”. El viaje lleva a Saramago a recuerdos de la infancia al ver pasar un tren: “Esta línea férrea que va al lado de la carretera parece de juguete, o un resto de solemne antigüedad. El viajero, cuyo sueño de infancia fue ser maquinista de ferrocarriles, teme que la locomotora y los vagones no sean de este tiempo y sí objetos de museo a los que el viento que llega de los montes no logra sacudir las telarañas”.
Sobre “la oscura y silenciosa aldea de Sacoias” nos regala esta imagen casi cinematográfica: “El recuerdo que guarda de este lugar es el de un yermo, o, tal vez más exactamente, el de una ausencia. Y esta impresión no se deshace ni siquiera cuando puede sobreponerle otra imagen, viniendo ya de regreso, de tres mujeres dispuestas de manera teatral en los peldaños de una escalera, oyendo lo que, inaudible para el viajero, otra les decía, mientras suspendía la mano sobre un florero. Tan parecido es esto a un sueño, que el viajero, al fin, llega a sospechar que nunca estuvo en Sacoias”.
Otro pasaje, ahora al visitar el Rio de Onor, sobre libros leídos que se acumulan en el lector: “[…] pero cuando un hombre se mete en lecturas, siempre se le quedan pegados en la memoria nombres, hechos, impresiones, todo esto se va elaborando y complicando hasta llegar, es este el caso, a las idealizaciones del mito. […] tiene sólo el legítimo y humanísimo deseo de ver lo que otros vieron, de asentar los pies donde otros pies dejaron huella”.
Comparto con emoción este fragmento, que no fue seleccionado de forma aleatoria sino de manera deliberada, pues es con el que José Saramago termina su libro: “El viento, fortísimo, sopla del lado de tierra. Hay aquí una rosa de los vientos que ayudará a marcar el rumbo. Para mandar las naves en descubierta de las tierras de especiería, hay buen viento y es favorable la marea. Pero el viajero tiene que volver a casa. No podría avanzar más. Desde aquí al mar son cincuenta metros en vertical. Las olas baten allá abajo contra los cantiles. Nada se oye. Es como un sueño”.
“El viajero va a bordear la costa hacia el norte. Verá Aljezur, con sus casas dispuestas en línea al abrigo del monte, y Odemira, Vila Nova de Milfontes, y la desembocadura dulcísima del río Mira, que esta vez no va lleno, Sines y las escolleras ambiciosas devastadas por el mar, y, en Santiago do Cacém, otras ruinas, las de la ciudad romana de Miróbriga, abierto el foro a un paisaje admirable, último lugar para la imaginación que pone romanos de toga paseando por este espacio, hablando de las cosechas y de los decretos de la distante Roma. Este es el país del regreso. Se ha acabado el viaje”.
¡Cómo no fascinarse este biólogo, apasionado de viajes, con ese regalo que lo llevó a lugares desconocidos! Tan emocionante como el regalo de fin de año, el cual los invito a conocer en la próxima Vagancia.
*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.
Este texto se publicó originalmente en la Jornada Morelos.