En México, donde más de 130 mil personas continúan desaparecidas, un grupo de científicos ha decidido intervenir de forma poco convencional en la lucha por encontrarles: entierran cerdos. Vestidos, calcinados, encintados o enterrados en fosas colectivas, los animales son utilizados para recrear las técnicas con las que el crimen organizado hace desaparecer cuerpos humanos. La intención no es morbosa, sino profundamente científica: entender los cambios químicos y biológicos del entorno para optimizar las búsquedas.

El proyecto, liderado por el CentroGeo y con participación de la Universidad de Guadalajara, la UNAM y la Universidad de Oxford, busca que la ciencia forense y la tecnología de punta se pongan al servicio de las familias buscadoras. “Esto no es ciencia pura”, afirma José Luis Silván, investigador del CentroGeo. “Es ciencia y acción. Hay una urgencia”.

Con apoyo parcial del gobierno británico, los experimentos comenzaron en 2023. Las pruebas incluyen enterramientos simulados con cerdos, que comparten más del 98% del ADN humano, monitoreados con drones hiperespectrales, sensores térmicos, escáneres láser, análisis de suelos, plantas, insectos y hasta corrientes eléctricas subterráneas. Los cambios en el color de las plantas o la aparición de ciertas flores, por ejemplo, pueden indicar una descomposición debajo del suelo.

Uno de los sitios experimentales, ubicado en un terreno universitario en Jalisco, es recorrido con regularidad por los investigadores. Ahí, observan cómo la naturaleza reacciona ante los cuerpos. “Lo que dicen las madres buscadoras es que esa florecita amarilla siempre sale en las tumbas”, comenta Silván. Y por eso, los científicos ahora buscan validar esas intuiciones con datos duros.

Jalisco, epicentro del horror

Con casi 15 mil 500 personas desaparecidas, Jalisco encabeza la lista nacional. El hallazgo reciente de un centro de reclutamiento del Cártel Jalisco Nueva Generación en Teuchitlán, donde se localizaron restos óseos y más de 200 objetos personales, colocó de nuevo el tema en la agenda pública. A pocos kilómetros de allí, en Zapopan, continúan los hallazgos en un fraccionamiento en construcción donde colectivos de familiares han acompañado a peritos de la Fiscalía en la recuperación de más de 240 bolsas con restos humanos.

En ese contexto, el proyecto científico intenta sumar una nueva herramienta. “Ningún otro país está empujando tan creativamente estas técnicas”, asegura el antropólogo forense canadiense Derek Congram, aunque advierte: “No es la panacea. El 90% de las búsquedas se resuelven con un buen testimonio y excavando”.

De Ayotzinapa al laboratorio

El detonante para Silván fue una pregunta de su esposa, en 2014, tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa: “¿Para qué sirve la ciencia si no es para resolver problemas?”. Desde entonces, el equipo del CentroGeo comenzó a recopilar experiencias internacionales, como las “body farms” de Estados Unidos o las búsquedas de fosas en conflictos armados en Colombia y los Balcanes, para adaptar técnicas a la realidad mexicana.

La Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de Jalisco ha sido clave en el desarrollo del proyecto, aportando casos reales, rutas criminales y patrones de desaparición. “La mayoría de las víctimas son encontradas en el mismo municipio donde desaparecen”, detalla Tunuari Chávez, director de análisis de contexto de la Comisión.

Un microsistema vivo

Cada fosa clandestina es también un “microsistema”, explican los investigadores. Por ello, en el sótano de la Comisión en Guadalajara se analizan insectos, suelos, raíces y plantas que podrían aportar pistas. Incluso, uno de los experimentos cuenta con una fosa con ventana transparente para observar en tiempo real cómo se descompone un cerdo.

Salieron flores por fósforo acumulado en la superficie; esto el año pasado no lo vimos”, dice Silván, mientras inspecciona una de las fosas. Esa señal, que para las familias buscadoras ha sido una guía empírica durante años, ahora se observa con instrumentos científicos.

Conocimiento de ida y vuelta

Los familiares no solo son observadores del experimento: son sus principales aliados. “Hay un flujo de conocimiento en ambos sentidos”, comenta Silván. Las madres y padres tienen el mapa no oficial de las desapariciones y saben, por ejemplo, que los criminales suelen cavar bajo ciertos árboles. “Yo jamás me imaginé volverme experta en sacar cuerpos”, relata Maribel Cedeño, quien busca a su hermano desde hace cuatro años.

Sin embargo, hay voces críticas. Héctor Flores, quien busca a su hijo desde 2021, considera que los recursos invertidos en el área de análisis de contexto han dado pocos resultados y que, en la práctica, los hallazgos siguen siendo responsabilidad de las familias.

A pesar de ello, los investigadores no bajan la guardia. “Siempre hay que intentar, fallar y volver a intentar”, insiste Congram. Aunque los experimentos aún no han demostrado resultados contundentes, su potencial podría marcar una diferencia en el país con más desaparecidos de América Latina sin haber vivido una guerra.