Caminando con Jaime López
Jorge “El Biólogo” Hernández*

Para Germán Muñoz, cómplice editor de estas Vagancias.

Todas estas conversaciones han tenido siempre como escenografía nuestro barrio, un puerto de viejos navegantes, el Puerto de Port-Gales. Jaime López, quien ya tiene sus papeles de residencia como habitante de Portales, después de que ha vivido aquí desde hace 32 años, desde los 16 era un visitante frecuente. A esa temprana edad ya tocaba la guitarra y estaba inoculado sin curación por la música cuando conoció el barrio y fue atraído por sus sonidos desde sus primeras caminatas por una de sus entradas, al bajar del camión en la Calzada de Tlalpan, donde un letrero de Té Lagg’s le anunciaba que estaba en Portales. Desde la primera vez la música apareció por todas partes no sólo tocada por músicos sino en las voces de los pregoneros que vendían fruta; en los sonidos que venían del afilador o de las vendedoras de esquites y elotes asados, de los sartenes de las fritangas. A este joven el nuevo barrio le recordaba las ciudades de las que venía. Hoy todavía afirma con toda convicción que Portales es una frontera.


Jaime y yo nos conocimos hace 38 años cuando él salía del taller mecánico que queda frente a mi casa de la Palmera en la calle Bélgica. Según recordamos con cierta precisión a pesar del tiempo, nos caímos bien desde ese día. Esa primera impresión fue la puerta para construir una gran amistad con quien ahora es un vecino tan cercano que vive a la vuelta de la esquina de donde vivo y subiendo 32 escalones. Este andar con López se registra en una conversación de años que, si bien tuvo pausas, ha sido ininterrumpida, siempre muy rica en tonalidades, temas, anécdotas y algunas confesiones mutuas que al intentar acomodarlas se convierten en imágenes que se mueven como los cristales de un caleidoscopio. Estimados lectores, afinen su vista y giren conmigo este maravilloso juguete óptico. El azar del movimiento al dar vuelta a este instrumento acomoda los cristales en un día, hace unas semanas, cuando lo invité a comer unas flautas ahogadas en la calle Presidentes. Al cruzar la esquina de Filipinas Jaime me tomó del brazo y señaló una puerta deslavada y unas paredes descarapeladas diciendo: “Ahí, Biólogo, en el garaje de esa vecindad, empecé a tocar, ensayando con un grupo en mi nueva tierra, el Distrito Federal. Eso fue hace más o menos cincuenta años”. Así que me atrevo a decir que los primeros acordes chilangos de Jaime López fueron hijos de Portales.


Al girar otra vez el caleidoscopio los cristales nos llevan al nómada, al errante López. Siguiendo los pasos de su familia —encabezada por su padre, egresado del Colegio Militar, don Juan López Tlahuizo quien llegó a ser mayor, conocido y reconocido por todos como el mayor Tlahuizo— Jaime caminó, con su guitarra como principal equipaje. Vivió y vagó por la Huasteca, después por toda la frontera Norte desde Matamoros, Reynosa, Nogales hasta Ciudad Juárez en donde lo que escuchaba, observaba y sentía fue y sigue siendo parte inseparable de la sustancia que ha nutrido su música y sus letras. Pero su poder creativo también se lo debe a otros lugares como Guadalajara, más precisamente al barrio de Analco. De este lugar que alguna vez hace siglos estuvo junto a un río me cuenta fantásticas historias, incluso de aquellos a quienes conoció en la sala de su casa por invitación de su hermano Memo, un melómano consumado. Esas historias hace poco las volvió canción, y ahora le pido que nos entone esto, con todo y su armónica:


“Analco a medianoche un breve viene. / Por calle Matamoros cascareando. / Y aquel balón que rueda y rueda loco. / Lo lleva zigzagueando calle abajo. / Con el mariachi y el tequila rifa. / Esta plazuela así de mala fama. / Taiwán de Dios le dicen los carnales. / Hasta los “paisicólogos” de la cuadra. // Tony Camargo, Mike Laure y Toncho. / Por barrio yo le voy a un gran equipo. / Vivan las cheves, las cheves, las cheves, / cheves heladas y ¡agarralajarra! // Una Chavela pa’ decir salud. / Por eso escucho, sí, La Pirinola. / O Casimiro el Poca Luz, el Perras, / el Meco, el Nene, aquella Brosa Nostra. / Cultura es la cantina y los congales. / Calzada Independencia por Medrano. / Les cuadre o no les cuadre fue fundada / Guadalajara alrededor de Analco. // Tony Camargo, Mike Laure y Toncho… // Ay, jericalla, ya me duele el vientre. / Son de la negra tripa mis recuerdos. / Extraño el tren fantasma de mi infancia, / el que me trajo hasta esta Coliseo. / Analco a medianoche siempre vive. / El Rayo de Jalisco brilla en lo alto. / Entrando no hay salida en esta arena. / La lucha te hace libre acá en Guanatos. // Tony Camargo… // Una Chavela pa’ decir salud… / Les cuadre o no les cuadre fue fundada / Guadalajara alrededor de Analco.”


El mapa recorrido por Jaime es todavía más grande. En Monterrey tuvo un encuentro venturoso; una noche una muchacha invitó a su papá a una presentación de Jaime, la hija se llamaba Elvira y el papá Eulalio González, el Piporro, a quien le gustó mucho la presentación e invitó a Jaime a su mesa donde conversaron y rieron, siendo el nacimiento de una gran relación, tanto que el Piporro lo acompañó cantando en la grabación de dos magníficas canciones para su disco Nordaka: “Por Cigarros a Hong Kong” y “Ay, Mesa de Otay”, ambas con letra y música de mi amigo López.


Otros lugares que lo apasionan son el Golfo de México y sus ríos con predilección por Tecolutla y más al norte un río y un mar; el río es el Misisipi y el mar, las olas de Nueva Orleans. Esa fantástica y única ciudad, la cual conoce a fondo, la gocé gracias a sus consejos y sugerencias en un viaje que hice con Laura hace dos años. Es tan fuerte su vínculo con esta ciudad, que el nombre de la primera hija de Jaime es Luisiana, ni más ni menos. De Tecolutla, y de los ríos y playas que conocí cuando era biólogo hablamos siempre, recordando el sabor único de las deliciosas acamayas, un crustáceo clásico de esos lares.


Siguiendo el movimiento de nuestro caleidoscopio —inventado en 1816 por el físico escocés, y pionero en el campo de la óptica, David Brewster y que no lo pensó como un juguete—, al ver ahora a través de su tubo y observar el patrón simétrico y colorido nos lleva a una reflexión que Jaime ha hecho siempre sobre la relación entre los números, las letras y la música: “Una canción es una ecuación de segundo grado resuelta”. Cada que lo escucho hablar del tema, sus armónicas respuestas me recuerdan a Borges, que en su poema Alguien sueña escribe: “Ha soñado el espacio. Ha soñado la música, que puede prescindir del espacio. Ha soñado el arte de la palabra aún más inexplicable que el de la música, porque incluye la música”. Pero Jaime López también es, sin presumirlo, un escritor que en su libro Paramecio y El Cantar de Casimiro, publicado por Katakana Editores en 2023, escribió estos haikús, retornándonos a la conjunción entre la palabra y la música:

“Alquimia única
A la literatura
Lleva la música”.

Y esta otra joya:
“Las letras vivas
Son sonidos visuales
Palabras vistas”.


Estas travesías, estas andanzas con mi amigo nos llevarán a otros caminos peripatéticos, no filosóficos pero sí filosos y sobre todo divertidos. Nos encontraremos en la próxima Vagancia en algunas calles del Puerto de Port-Gales.

Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.