Por Isaac Cárdenas “Chakin”
Antier, antes de que amaneciera del todo en Tuxpan, la escena ya estaba completa: trabajadores formados en silencio, mochilas gastadas, lonas dobladas y, al frente, dos imágenes que no suelen encabezar conflictos laborales: la Virgen de Guadalupe y la bandera de México. No había gritos ni consignas. Solo la certeza de que el camino sería largo y de que, para ser escuchados, tendrían que caminarlo.
No era una marcha. Era un éxodo.
Los primeros pasos no pesaron ese primer día. Pesaron después. Cuando el sol subió, cuando el pavimento empezó a devolver el calor, cuando la carretera dejó de ser un camino y se volvió un recordatorio: Tepic está lejos. Muy lejos para quienes llevan meses esperando que les paguen lo que ya trabajaron.
Caminaban trabajadores del SUTSEM. Algunos con playeras del sindicato; otros, con ropa cualquiera. Empleados municipales, personal de base, mujeres que dejaron a los hijos encargados, hombres que calculaban en silencio cuánto más podían aguantar sin cobrar completo. No gritaban. Caminaban.
Encabezando el contingente no iba una consigna ni un dirigente. Iban las pancartas de la Virgen y la bandera, sostenidas con cuidado, como si también ellas tuvieran que llegar a la capital. La fe y el país abriendo paso a un reclamo que no encontró respuesta en los escritorios.
El ruido lo puso la carretera: tráileres que pasaban sin mirar, claxonazos impacientes, el viento levantando polvo. De vez en cuando, un automovilista bajaba el vidrio y levantaba el pulgar. Otros solo aceleraban.
Ayer, el éxodo llegó a Ruiz. Para entonces el cuerpo ya había entendido que esto no era simbólico. Era real. Había pies inflamados, hombros tensos, silencios más largos. Cada kilómetro contaba. Cada paso dolía. Y aun así seguían, porque detenerse era aceptar que el silencio había ganado.
En las lonas se leía lo que no se había querido escuchar: prestaciones adeudadas, salarios incompletos, derechos laborales. Pero había otra palabra, más pesada que el cansancio: criminalización. Cinco compañeros vinculados a proceso. Medidas cautelares. El mensaje que todos entendían: protestar tiene costo.
La noche en Ruiz fue corta. Campamento precario, comida racionada, pies ampollados. Nadie habló de regresar. Alguien dijo que faltaba menos. No era cierto, pero sirvió.
Hoy, todavía de madrugada, volvieron a levantarse. Antes de que el sol apretara, tomaron otra vez la carretera. Ajustaron mochilas, bebieron agua, acomodaron las pancartas. La Virgen volvió al frente. La bandera se desplegó otra vez.
A esta hora avanzan rumbo al crucero de San Blas. No está definido si ahí harán alto o si el cuerpo les permitirá estirar la jornada hasta Jumatán. La decisión se tomará sobre la marcha, como casi todo en este éxodo: según el cansancio, el agua que quede, los pies que aguanten.
Saben que no llegarán hoy ni mañana. Que Tepic los espera hasta el lunes. Esa certeza vuelve el camino más pesado y, al mismo tiempo, más político. Cada kilómetro extra es un día más de presión, de visibilidad, de desgaste que no eligieron pero asumieron.
La caminata no busca épica. Busca respuesta. Avanza hacia el Palacio de Gobierno, hacia la Fiscalía, hacia los edificios donde las decisiones se toman sentados y a la sombra.
No piden aplausos. Piden que les paguen.
No piden discursos. Piden que no los persigan por protestar.
No piden privilegios. Piden lo que ya es suyo.
El lunes, cuando entren a Tepic, no llegarán como multitud eufórica, sino como prueba viva de un conflicto que se quiso administrar, minimizar, patear.
Eso es el éxodo del SUTSEM: gente común caminando kilómetros extraordinarios porque el escritorio nunca respondió.
Y cuando uno los ve pasar, con los pies cansados y la espalda recta, queda claro algo incómodo para el poder: cuando los trabajadores caminan así, no es por capricho; es porque ya no les dejaron otra salida.
Continuará.