Por Andrés Gómez

Lo que ocurrió con Rubén Rocha Moya en Sinaloa difícilmente puede reducirse a un simple cambio de opinión. El gobernador regresó al cargo después de más de tres meses de licencia y, apenas unas horas después, volvió a separarse del puesto. En medio quedaron preguntas políticas mucho más importantes que la propia decisión de Rocha.

La primera es evidente: ¿por qué regresó sin informar previamente a la presidenta Claudia Sheinbaum? La propia presidenta confirmó que se enteró de la decisión a través de la publicación de Rocha y calificó su regreso como imprudente. El gobernador terminó solicitando nuevamente licencia aproximadamente 34 horas después.

En política, 34 horas pueden ser suficientes para exhibir una fractura.

¿Un choque entre el viejo y el nuevo Morena?

Rocha Moya es un personaje identificado políticamente con el proyecto de Andrés Manuel López Obrador. Por eso, su regreso puede leerse también como algo más que una decisión personal. Puede ser una muestra de que los grupos que construyeron poder durante el sexenio anterior todavía intentan conservar márgenes de autonomía frente a la presidenta.

Pero esta vez la respuesta fue distinta. Sheinbaum no lo respaldó. Se deslindó de la decisión. Morena tampoco salió a construir una defensa política alrededor del gobernador. Y Rocha terminó reculando.

No hace falta afirmar que existe una ruptura entre López Obrador y Sheinbaum para reconocer algo evidente: el centro de gravedad político de Morena está cambiando. El problema es que ese reacomodo no parece estar ocurriendo mediante una discusión pública sobre proyectos de gobierno, sino mediante la disputa por el control de posiciones, candidaturas y estructuras.

El verdadero problema es institucional

Desde una perspectiva crítica, lo preocupante no es únicamente quién tiene el control dentro de Morena. Es que un gobernador pueda considerar viable regresar al cargo sin siquiera comunicar previamente su decisión a la presidenta, mientras sobre su administración continúan cuestionamientos e investigaciones.

Eso habla de una preocupante concepción patrimonial del poder: como si los cargos públicos fueran espacios personales que pueden retomarse cuando las circunstancias políticas parecen favorables.

Y cuando esa decisión provoca una reacción desde Palacio Nacional, el problema se corrige rápidamente. El ciudadano queda como espectador de una disputa entre grupos políticos.

El 2027 ya comenzó

El episodio de Sinaloa también ofrece una pista sobre lo que podemos esperar rumbo a 2027. La próxima elección será la primera gran prueba territorial del gobierno de Claudia Sheinbaum y, al mismo tiempo, el primer gran examen de Morena sin López Obrador como presidente de la República.

Y el principal riesgo para Morena podría no estar en la oposición. Puede estar dentro de Morena.

Hay demasiados grupos, demasiados aspirantes y demasiados intereses acumulados. Cuando todos quieren controlar las candidaturas, la competencia interna inevitablemente genera golpes, filtraciones, campañas de desprestigio y guerras digitales.

Lo que hemos visto recientemente en Jalisco con la disputa por Guadalajara puede ser apenas una muestra de lo que viene.

La oposición tiene una oportunidad

Pero aquí está la paradoja. Morena puede tener una enorme estructura electoral y seguir siendo competitivo en 2027, pero sus conflictos internos pueden abrir espacios que la oposición no ha sabido aprovechar.

El problema para los partidos opositores es que no basta con esperar a que Morena se fracture. Tendrán que presentar candidatos competitivos, propuestas claras y, sobre todo, demostrar que pueden gobernar de manera diferente.

Porque si la elección de 2027 termina convirtiéndose únicamente en una pelea entre grupos morenistas por el control de los gobiernos, la ciudadanía volverá a quedar en segundo plano.

La lección de Sinaloa

Rocha Moya regresó creyendo que podía hacerlo. Sheinbaum dejó claro que no había sido consultada. Treinta y cuatro horas después, Rocha estaba nuevamente fuera.

Más que una anécdota política, el episodio deja una pregunta abierta sobre el futuro de Morena: ¿Estamos viendo una transición ordenada del poder o el inicio de una disputa entre el viejo obradorismo y el nuevo grupo que encabeza Claudia Sheinbaum?

Todavía no hay elementos suficientes para afirmar que exista una ruptura. Pero sí hay señales de que las lealtades están cambiando y que el poder dentro de Morena comienza a reacomodarse.

Y mientras los grupos políticos se disputan el control, hay algo que debería preocuparnos mucho más que quién gana esa batalla: que las instituciones terminen subordinadas a las decisiones y acuerdos internos de un partido político.

Sinaloa puede ser solamente el primer capítulo. El verdadero examen llegará en 2027.

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