Ciudad de México, 1 de octubre de 2026. La película Digger, protagonizada por Tom Cruise y dirigida por Alejandro González Iñárritu, llega por fin a las salas de cine en medio de una ola de reacciones polarizadas. Su debut con un 51 por ciento en Rotten Tomatoes la coloca, hasta ahora, como la cinta peor calificada del cineasta mexicano en ese sitio.
La pregunta que flota en el aire es si estamos ante un fracaso del ganador del Óscar y de una de las mayores estrellas de Hollywood, o si lo que ocurre es que a la crítica estadounidense le cuesta digerir cómo Iñárritu retrata a su país, a su presidente y a la arrogancia de la élite que lo domina.

¿De qué trata Digger?
La historia sigue a Digger Rockwell, interpretado por Cruise, un excéntrico, egocéntrico y multimillonario magnate petrolero que se considera a sí mismo el hombre más poderoso del mundo. El personaje encarna el estereotipo del empresario estadounidense todopoderoso, dueño de un imperio energético construido a costa del planeta.
Tras ignorar deliberadamente severas advertencias ecológicas, los proyectos de infraestructura de su corporación desatan una catástrofe ambiental masiva a nivel global, que incluye el colapso de un glaciar en Groenlandia. El desastre pone en riesgo a toda la humanidad y obliga al presidente de Estados Unidos, interpretado por John Goodman, a ordenarle directamente que solucione la crisis.

A partir de ese momento, Digger emprende una caótica, frenética y peligrosa misión a contrarreloj para reparar los daños, mientras intenta desesperadamente venderle al mundo la narrativa de que es un héroe absoluto. La cinta explora así la negligencia corporativa frente a los límites de la naturaleza y cómo el extractivismo ciego y la desconexión con las advertencias científicas conducen a un punto de no retorno ecológico.
¿Por qué incomoda a la crítica estadounidense?
Basta ver los avances de la película para saber que Iñárritu retrata a Estados Unidos como un país contradictorio, hipócrita, caótico y polarizado, con la sátira y el humor negro como herramientas para diseccionar su política y a sus gobernantes. Digger representa a esos multimillonarios que concentran poder y recursos, con un claro amiguismo con el presidente gracias a que su petróleo enriquece al país.
El director no se detiene ahí: la cinta se burla del empeño estadounidense por empezar una guerra contra China o Rusia bajo cualquier pretexto, y del delirio de grandeza de los hombres más ricos del mundo, que se creen con el derecho y la capacidad única de salvar una civilización que ellos mismos ayudaron a destruir. También aborda la guerra por la narrativa, cómo gobiernos y multimillonarios usan la comunicación masiva y las relaciones públicas para lavarse las manos.
Distintos medios estadounidenses han calificado en sus primeras reacciones a Digger como una película insufrible, arrogante y hasta tonta, e incluso han intentado descalificar al director llamándolo pretencioso y arrogante por ridiculizar la idiotez y la sobreconfianza de su propio gobierno. Aunque Iñárritu se ha negado a decir explícitamente que el presidente de la cinta es una caricatura de Donald Trump, las acciones del personaje, que no cree en la crisis climática ni en el calentamiento global, hablan por sí solas.
El material publicitario siempre prometió una comedia de proporciones catastróficas, y eso es exactamente lo que entrega el mexicano: una cinta que también retrata el pánico colectivo, la negación y la superficialidad frente a la inminencia del fin del mundo, convertidos en un espectáculo mediático caótico. Destaca un monólogo de casi diez minutos en el que Cruise expone por qué los magnates y gobernantes del mundo realmente no buscan medidas puntuales y funcionales para combatir la crisis climática.
No es la mejor película del cineasta, pero sí una que provoca risa y deja pensando: sobre las heridas del pasado, cómo las sobrellevamos y qué hacemos con ese dolor.